Él nos hará

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Ven a dormir conmigo. No haremos el amor, él nos hará.
(Julio Cortázar)

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Imagen: El Amor de Psique. Antonio Canova

 

La magia ocurre en las conversaciones. En las más triviales a veces. Esas que compartes sin intención de hacer literatura, esas en las que solo estás y van desgranándose palabras entrelazadas que brotan y unas llevan a otras, y van danzando y te llevan paseando por lugares del otro que conversa contigo.

Ayer tuve la suerte de compartir una de estas conversaciones, mientras nos acariciaba el sol en la cara y el olor de la hierba del jardín, con una mujer a la que amo y admiro profundamente. Ella creo que no sabe que me estaba haciendo un regalo precioso.

Charlábamos de cualquier cosa y no sé muy bien en qué momento de la conversación  compartió conmigo esta maravilla: “¿Sabes Ana?  Él todavía, por la mañana, me dice a veces… Pero qué bonita eres”. Después de 50 años de matrimonio, él la mira, por la mañana (ella remarcaba esto con la voz casi quebrada de la emoción) y la ve bella, y le dice bonita, y ella me cuenta que no se puede explicar lo que hay entre ambos, porque es mucho más grande que cualquier frase en la que eso que sea que tienen quedaría enjaulado y ya no sería.. porque no se puede decir.

Yo me he preguntado muchas veces cuál sería el secreto de esta pareja hermosa para mantener siempre ese brillo en los ojos, ese respeto profundo que se muestran uno al otro en cada mirada, ese estar caminando uno al lado del otro, cada uno con sus cosas, ambos creciendo siempre. Desde fuera podía intuirse algo especial ahí, en ese espacio que comparten. Pero hasta ayer yo no le había sabido poner nombre. Seguramente porque cuando no creemos que algo exista, tampoco podemos verlo. Solo vemos… lo que creemos.

En todos los años que la conozco (y son muchísimos) siempre la he encontrado cuidada, perfectamente vestida, oliendo de maravilla. Una vez le pregunté cómo era posible que siempre estuviera así, perfecta, incluso cuando no esperaba visita.  Me respondió, refiriéndose a su marido, “aunque no me vea nadie más, él siempre me ve”.  Su respuesta me pareció bonita entonces, y sentí que escondía algo importante. Hoy, uniendo ambas conversaciones, empiezo a entender qué era eso que yo veía desde fuera, entre los dos, ese secreto que guardan y sostienen juntos durante los últimos 50 años.

Durante mucho tiempo he creído que eso del amor para toda la vida era un mito absurdo, una quimera que, al perseguirla, solo podía causar frustración por su imposibilidad. Pero ayer, en un segundo, esta mujer bella me regaló una creencia nueva  en la que poder habitar. Porque he visto que es posible. Ellos lo tienen.

Así es la magia, en una sola conversación… nos puede cambiar la vida entera.  

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La verdad más allá de la magia

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El príncipe y el mago.

“ Érase una vez un joven príncipe que creía en todo, excepto en tres cosas: no creía en princesas, no creía en islas y no creía en Dios. Su padre, el rey, le había dicho que esas cosas no existían. Como no había ni princesas ni islas en los dominios de su padre, y ni un solo signo de Dios, el joven príncipe creía en su padre.

Pero un día el príncipe salió de su palacio y llegó al territorio vecino. Allí, para asombro suyo, desde cada lugar de la costa veía una isla; y en esas islas había criaturas extrañas y turbadoras que no se atrevía a nombrar. Mientras buscaba una barca, un hombre con un traje de noche se le acercó por la orilla.

– ¿Eso de allí son islas de verdad? – preguntó el joven príncipe.

-Claro que son islas de verdad – Dijo el hombre con el traje de noche.

– Y esas criaturas extrañas y turbadoras? –

– Son todas princesas auténticas y genuinas –

– ¡Entonces Dios debe existir! – gritó el príncipe.

– Yo soy Dios – contestó, inclinando la cabeza, el hombre del traje de noche.

El joven príncipe volvió a casa lo más rápidamente que pudo.

-Así que has vuelto – dijo el padre.

– He visto islas, he visto princesas y he visto a Dios – dijo el príncipe en tono de reproche.

El rey no se inmutó.

-No existen ni islas reales, ni princesas reales, ni un Dios real.

-¡Yo los he visto!

-Dime cómo iba vestido Dios.

-Llevaba un traje de noche.

-¿Se había arremangado las mangas del abrigo?

El príncipe recordaba que sí. El rey sonrió.

-Ese es el uniforme de un mago. Te han engañado.

Viendo esto, el príncipe volvió a la tierra vecina, y volvió a la misma costa donde, de nuevo, se encontró con el hombre del traje.

-Mi padre, el rey, me ha dicho quién eres – dijo el joven príncipe indignado. – Me engañaste una vez, pero no lo volverás a hacer. Ahora sé que esas no son islas reales ni princesas reales, porque eres un mago.

El hombre sonrió.

-Eres tú el que te engañas, hijo. En el reino de tu padre hay muchas islas y muchas princesas; pero estás bajo el hechizo de tu padre y no las puedes ver.

El príncipe volvió a casa pensativo. Cuando vio a su padre le miró a los ojos.

-Padre, ¿es verdad que no eres un rey de verdad sino solamente un mago?

El rey sonrió y se arremangó las mangas.

-Sí, hijo mío; sólo soy un mago.

-Entonces el hombre de la costa era Dios.

-El hombre de la costa era otro mago.

-Tengo que saber cuál es la verdad, la verdad más allá de la magia.

-No hay verdad más allá de la magia – dijo el rey.

El príncipe se entristeció y exclamó:

-Me voy a matar.

El rey, con su magia, hizo aparecer a la muerte. La muerte se puso en la puerta e hizo señales al príncipe. El príncipe se estremeció; recordó las hermosas islas irreales y las hermosas princesas irreales.

-Muy bien – dijo -. Creo que lo podré soportar.

-¿Ves, hijo? – dijo el rey -, ahora también tú empiezas a ser un  mago.”

 (De la novela The Magus, de Johm Fowles. Anagrama)

River flows in you

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Una vez supo que ella era el viento
ya nada nunca pudo detener su vuelo

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Fotografía: Luis Rodríguez (©Luison)

Música: River flows in you – Yiruma

 

 

De libertad y poder

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La libertad se aprende ejerciéndola

(Clara Campoamor)

niños bailando

Leía esta maravillosa frase el otro día en un muro virtual (curioso facebook que nos permite ser grafiteros cotidianos independientemente de que no sepamos coger un spray). Sobrevolé la frase sin darme mucha cuenta del tesoro que ofrecía, quizás un poco saturada de pintadas en la pared. Pero, afortunadamente, se me debió quedar pegada en algún pliegue del cerebro, y hoy ha emergido mientras asistía a una conferencia en la que volvió a aparecer la libertad (las palabras aparecen siempre tan oportunamente…).

 La libertad se aprende ejerciéndola.

Aunque… se podría ver de otro modo. Se puede decir que nacemos libres, y a medida que vamos ejerciendo la libertad vamos aprendiendo a dejar de ser libres. El proceso sería entonces más o menos así: nazco libre, aprendo progresivamente a no serlo metiéndome en cárceles de palabras (tú no puedes, tú no vales, tú no tienes poder, tú no decides, eso no está bien, tienes la culpa, si dices eso no te querrán, lo que diga la mayoría, las niñas buenas no se enfadan, los niños valientes no lloran…) y por último, tras una costosa toma de conciencia y desaprendizaje de lo aprendido, que puede llevar años (a veces de terapia) reinicio tímidamente el ejercicio de la libertad, diluyendo poco a poco (o a veces haciendo saltar por los aires) los barrotes de lenguaje que he ido interiorizando. Porque lo que nos da o quita libertad no está ahí afuera. Lo que nos da o quita libertad está tan dentro de nosotros que a veces ni siquiera somos capaces de verlo, de tan pegado que lo tenemos.

Y lo mismo ocurre con el poder. El poder se aprende ejerciéndolo.

Ese supuesto poder abstracto de afuera que me quita libertad en realidad es una cárcel de palabras construida sobre el miedo. Y si miro un poco más acá, aquí mismo, a mí mismo, puedo darme cuenta de que en cada acto cotidiano yo estoy ejerciendo poder sobre mí, sobre otros, sobre el mundo.

Lo que digo es muy poderoso. Lo que me digo, lo que te digo. Cada acto lingüístico es un ejercicio de poder, y desde mis palabras puedo ejercerlo con conciencia de que lo que digo repercute en el otro y construye realidad (no solo describe, sino que sobre todo inscribe, crea, genera realidad). Soy dueña de mis palabras y de mis silencios, soy libre de comprometerme y de cumplir mis promesas, soy dueña de los juicios que emito sobre los otros y sobre mí misma, y de asumir las consecuencias de cada una de mis opiniones, soy autora de mis frases y con cada una genero un espacio que me vincula con la “realidad” de un modo distinto en función de las palabras que escoja: no es lo mismo si digo “todo está fatal y no hay salida” que si digo “¿qué puedo hacer yo hoy para aportar un poco de sentido a esto?” No es lo mismo. No haré lo mismo, ni sentiré lo mismo, ni haré sentir lo mismo a los que están a mi lado.

Creo que así se aprende el poder, ejerciéndolo bien. Y en la medida en que somos conscientes de nuestro propio poder, emerge de su mano la libertad. Está claro que para ejercer el poder hay que estar preparado porque… ser responsable de cada palabra requiere asumir con fortaleza lo que ocurra después (no gustar a todo el mundo, cometer errores, perder, no acertar siempre, que alguien se enfade y se aleje…), pero también sentir el goce de sabernos dueños de nuestros huesos, llenando el propio esqueleto.

El miedo y la culpa son dos mecanismos potentes para neutralizar el poder de “adentro” y la libertad. Miedo a no ser aceptado, a no ser amado, a no ser perfecto, a no ser fuerte, a no ser suficiente… Pero si lo pensamos bien… ¿para qué seguir alimentando todo ese miedo? Porque al fin y al cabo… ser amado por todos, aceptado por todos, perfecto… ¿es acaso posible? ¿merece la pena entonces dejar de ejercer la libertad y el propio poder por miedo a no lograr algo por definición inalcanzable?

La libertad se aprende ejerciéndola, y el poder también.

… y nos obliga a ser orilla

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EL MAR
(Mario Benedetti)

Qual è l’incarnato dell’onda?
VALERIO BAGRELLI

¿Qué es en definitiva el mar?
¿por qué seduce? ¿por qué tienta?
suele invadirnos como un dogma
y nos obliga a ser orilla

nadar es una forma de abrazarlo
de pedirle otra vez revelaciones
pero los golpes de agua no son magia
hay olas tenebrosas que anegan la osadía
y neblinas que todo lo confunden

el mar es una alianza o un sarcófago
del infinito trae mensajes ilegibles
y estampas ignoradas del abismo
transmite a veces una turbadora
tensa y elemental melancolía

el mar no se avergüenza de sus náufragos
carece totalmente de conciencia
y sin embargo atrae tienta llama
lame los territorios del suicida
y cuenta historias de final oscuro

¿qué es en definitiva el mar?
¿por qué fascina? ¿por qué tienta?
es menos que un azar / una zozobra /
un argumento contra dios / seduce
por ser tan extranjero y tan nosotros
tan hecho a la medida
de nuestra sinrazón y nuestro olvido

es probable que nunca haya respuesta
pero igual seguiremos preguntando
¿qué es por ventura el mar?
¿por qué fascina el mar? ¿qué significa
ese enigma que queda
más acá y más allá del horizonte?

“El nuevo Filósofo del Martillo”

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Mas ahora decidme, hermanos míos: ¿qué es capaz de hacer el niño, que ni siquiera el león haya podido hacer? ¿Para qué, pues habría de convertirse en niño el león carnicero? Sí, hermanos míos, para el juego divino del crear se necesita un santo decir “sí”: el espíritu lucha ahora por su voluntad propia, el que se retiró del mundo conquista ahora su mundo.
(F. Nietzsche, en “Así habló Zaratustra”).

Leía el pasado sábado un artículo en prensa en el que el autor se preguntaba ¿Dónde está la gran filosofía? (Javier Gomá Lanzón. El País. 16/03/2013)

Me gustó el artículo, y sobre todo me gustó la pregunta. Enseguida pensé en lo absolutamente necesario que me estaba resultando ahora rescatar los grandes ventanales al infinito que me abre el pensamiento (sin límites) de algunos filósofos. Dice Gomá en su artículo que La misión de la filosofía desde sus orígenes ha sido proponer un ideal. La gran filosofía es ciencia del ideal: ideal de conocimiento exacto de la realidad, de sociedad justa, de belleza, de individuo.

Y me acordaba de Nietzsche, cuyo pensamiento me rompe siempre las estructuras en las que inevitablemente tiendo a acomodarme. La vida, la vitalidad, la necesidad de ser lo máximo que podemos llegar a ser, la necesidad de despertar y crear… Esa idea de “superhombre” (traduzco inmediatamente a “super-serhumano” para sentirme incluida), de trascender al “camello” y al “león” para ser “niño”, niño que dice un sí radical a la vida, y deja que su creatividad le lleve a transformar su mundo.

Hace poco leía también con absoluto placer estético la novela que acaba de publicar el filósofo David López, una re-creación de su novela “El filósofo del Martillo” ya editada en 2001 por  Planeta.

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En el “Nuevo Filósofo del Martillo”  la vida supera al tiempo. La ficción poética de sus páginas, en las que se desarrolla una historia de amor con una sorprendente trama, se impregna en cada línea de la búsqueda de la verdad y el sí a la vida de Nietzsche. Y en el trasfondo, detrás y delante de todo, está presente siempre el pensamiento del filósofo del martillo, dinamita para nuestros cerebros que están deseando que la filosofía les abra las ventanas para dejar que el aire corra por sus neuronas.

La protagonista de esta historia, una filósofa por muchos motivos “atemporal”, ama tanto la vida que es capaz de arriesgarla por amor. Porque la vida le vale solo si puede vivirla en plenitud, despierta. Y a lo largo de su viaje para salvar ese amor nos vamos empapando de la vitalidad nietzscheana, que nos remite a la vida vivida con intensidad, a la necesidad de cuestionar lo conocido para buscar ese ideal que surge cuando los seres humanos nos permitimos pensar más allá de nuestros propios muros. Cuando nos atrevemos a arriesgar lo conocido para ser mejores, a asumir el dolor, el esfuerzo y el riesgo que supone dejar aquello que nos da seguridad para asumir la responsabilidad de nuestra propia vida.

Quién sabe, quizás en la “filosofía a lo grande”, la de los filósofos que se atrevieron a pensar su propio pensamiento y a cuestionar con mayúsculas, los que se atrevieron a pensar un ideal universal más allá del análisis y descripción de “lo que hay”, podamos hallar respuestas sorprendentes a los interrogantes de hoy… o quizás nuevas preguntas que nos lleven a crear nuevas posibilidades más habitables y mucho más bellas.

Hay alternativa… y ellos lo saben

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 El secreto del cambio es enfocar toda tu energía, no en luchar contra lo viejo, sino en construir lo nuevo.

Sócrates

Ayer fue un día crucial para mí, porque con tan solo dos breves conversaciones se me ha transformado esa idea que me estaba calando hasta los huesos acerca de la “generación perdida” y la anodinia de la juventud actual. Sospechaba que no podía ser verdad, pero a fuerza de mensaje repetido por todas partes, por activa y por pasiva, comenzaba a creer que de verdad no había esperanza… Pero ayer descubrí que el mensaje “oficial” invisibiliza una realidad que ruge y transforma ahí afuera.

libres la serie

Unos amigos hacían una presentación de una web serie en la que participan (como actriz ella, como co-guionista él) que está teniendo bastante repercusión en la red,  y cuyo argumento tiene mucha actualidad: un grupo de personas con muy diferentes motivaciones decide irse a un pueblo abandonado y comenzar a crear una comunidad. (“Libres” puede verse en internet en www.libreslaserie.com)

Al final de la proyección se generó un espacio para conversar con los creadores y actores de la serie. Pregunté al director cómo había surgido la idea y su respuesta comenzó a abrirme esa luz de esperanza. Aquél joven, participante activo de movimientos sociales, entre muchas otras cosas interesantes dijo esta maravillosa frase “está muy bien decir que NO a lo que no nos gusta… pero también es muy importante plantear una ALTERNATIVA”. Sí. Eso es. Jóvenes a los que no les gusta lo que hay… y que hacen propuestas para construir otra cosa.

La segunda conversación, que terminó por confirmar esa intuición que comenzaba a gestarse, fue una breve charla que pude mantener con otro jovencísimo director de 23 años. Hablábamos de cómo se está transformando el mundo del cine con la situación de crisis. Y para mi asombro y felicidad, él me decía que gracias a que había acabado la lluvia de dinero que caía del cielo en forma de subvenciones, las cosas iban a empezar a tener el verdadero valor económico que tenían. Que en un contexto de pocos recursos se fomentaba la creatividad y… la gente empezaba a hacer cine otra vez para decir cosas, para hacer arte, y no para forrarse alquilando un foco por 200 € al día cuando en realidad costaba 5. “Ya no necesitamos ser millonarios…”. 23 años. Aquél chico no estaba centrado en lo que les está faltando, en lo que no “les dan”… estaba viendo una oportunidad para hacer cosas con mayor libertad, creatividad e independencia.

Así que me volví a casa con una maravillosa sensación. Hay alternativa. Los jóvenes las proponen. Son conscientes. No son jóvenes sin futuro, son jóvenes que están creándose un futuro diferente al que generaciones anteriores hemos dado por único, válido y posible.

Ayer en ese espacio en el que tuve la oportunidad de participar (y en el que, he de confesar, me sentía un poco anacrónica con esos 20 años de diferencia…) pude comprobar que hay otras realidades gestándose más allá de los corsés establecidos. Jóvenes que asumen su responsabilidad (entendida como “capacidad para dar una respuesta hábil”), jóvenes que trascienden la queja del “no me dan”, para ver otras posibilidades que pueden generar ellos mismos desde otro paradigma, otro sistema de valores… porque “ser millonario” ya no es la meta y… ni siquiera el medio.

Caleidoscopios del ser

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Sólo hay mundo donde hay lenguaje

Martin Heidegger

Gracias a algo tan descomunal como internet he podido comprender en toda su extensión y  después de tantos años, que no hay manera de ver al ser en su ser sin errar siempre. Me explico. Si me cruzara por la calle con ese señor, ese bajito que lleva una bufanda a cuadros, quizás estaría tentada de invisibilizar sus múltiples posibilidades creativas. Es un señor bajito con una bufanda a cuadros, y le pensaría tal vez una vida plana y gris… Y resulta que gracias a la maravilla de internet, leo por casualidad unas palabras que ese señor bajito con el que me habría cruzado, invisible, ha escrito en la soledad de su luminosa casa de un pueblo del que ni siquiera conozco el nombre. Y en sus palabras recoge y refleja, analiza y crea, transforma y genera…

Y así se está creando una red de palabras más allá de los planos planos de la vida real. Más allá de las editoriales, y las revistas científicas, y los periódicos oficiales. Se va creando una red de palabras tejida con velocidad por millones de dedos que arrancan saberes a teclados físicos y metafísicos. Y asisto asombrada, desde mi pantalla, a un espectáculo del que todavía no puedo ni oler el alcance real. Lo que sí comienzo a intuir es que detrás de cada ser con el que por casualidad comparto una milésima de tiempo y espacio, puede haber un genio con profundidad caleidoscópica e infinitos matices que, junto a otros genios anónimos, va construyendo en silencio nuevas narrativas que tal vez, sin darnos cuenta, en este preciso instante, están cambiando el mundo.

biblioteca bombardeos londres

Copyright © English Heritage. Biblioteca HOLLAND HOUSE, Kensington, London. Tras los bombardeos de la II Guerra Mundial.

El arte de la espera

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Hay una melodía que, si estamos atentos, podemos escuchar debajo del ruido de nuestra prisa.

El arte de saber el tiempo es, exactamente eso, un arte. Los músicos de esto saben mucho. No basta con conocer las notas y pulsar la tecla exacta del piano… hay que hacerlo en el momento exacto que la melodía requiere. La música se construye tanto con el sonido como con los silencios, esas esperas necesarias antes de  que acontezca la próxima nota. La música se hace danzando en armonía con el tiempo.

Quizás una de las mayores causas de nuestro sufrimiento cotidiano (el estrés, la ansiedad, la “desesperación”…) tiene que ver con esto. Parten de no haber aprendido precisamente el arte de la espera. Lo que en psicología se llama “aprender a demorar el refuerzo”, o aprender a resistir la frustración que aparece cuando las cosas no suceden exactamente cuando queremos.

Tener de niños un entorno dispuesto a colmar todos nuestros deseos en el instante en que los formulamos (o incluso sin formularlos siquiera) hace que de adultos creamos que la vida… es así.

Pero lo que de niños es sencillo (no es difícil para los solícitos padres acceder al caramelo, al juguete, a la videoconsola, al sobre de cromos…) de adultos se convierte en algo imposible de lograr, porque nuestros deseos (más complejos cada vez) requieren tiempo y esfuerzo. Tiempo y Esfuerzo. El tiempo justo y el esfuerzo necesario.

Si de niño aprendo que todo lo que me dan lo tengo por derecho propio, si no me cuesta nada lograrlo, y si no tengo que esperar nada para recibirlo… me convertiré en un “sordo” para la música del tiempo, sin espacio, además, para la gratitud (una de las emociones más hermosas y que más bienestar nos generan a los seres humanos).

Cuando no damos el caramelo al niño en el momento en que lo pide no le estamos quitando el caramelo… le estamos regalando la posibilidad de que mañana, de adulto, sea capaz de escuchar la melodía , sepa esperar el tiempo exacto, disfrutando de los espacios de silencio entre notas, disfrutando de las esperas tanto como de las notas cuando llega el momento del sonido.

Los espacios de posible felicidad se expandirán entonces más allá de la obtención del deseo, porque la espera, en sí misma, cobra un sentido fundamental en la construcción de la melodía de la propia vida.

El Valle Inquietante

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“Desde el momento en que el otro me mira, yo soy responsable de él sin ni siquiera tener que tomar responsabilidades en relación con él; su responsabilidad me incumbe. Es una responsabilidad que va más allá de lo que yo hago”
Emmanuel Levinas. “Ética e infinito”. 

 “La mejor manera de encontrar al rostro es la de ni siquiera darse cuenta del color de sus ojos. La piel del rostro es la que está más desprotegida, más desnuda. Hay en el rostro una pobreza esencial. Prueba de ello es que intentamos enmascarar esa pobreza dándonos poses, conteniéndonos. Al mismo tiempo, el rostro es lo que nos prohíbe matar”.
Emmanuel Levinas. “Ética e infinito”. 

abismo

Cada vez que tengo la posibilidad de sentarme frente al televisor (que afortunadamente es en pocas ocasiones, por falta de tiempo y de capacidad de aguante), no deja de rondarme en la cabeza una teoría del campo de la robótica que leí hace poco, la teoría del Valle Inquietante. Esta teoría trata de explicar lo que nos pasa a las personas cuando un robot se parece demasiado a un ser humano, pero no termina de ser:

A medida que un robot se va pareciendo más a un humano, la respuesta emocional del ser humano ante su presencia se va haciendo cada vez más positiva y empática, hasta que llega un punto de inflexión en el que la respuesta se vuelve de pronto una fuerte repugnancia. (Mori, 1970). Este punto es lo que se llama “Valle Inquietante”: un robot que es “casi humano” es visto de forma general por un ser humano como “extraño” y por esto resulta imposible alcanzar el requisito de una respuesta empática. Si la entidad es cuasi humana, resaltarán sus diferencias no humanas, creando un sentimiento de «cosa extraña» desde el punto de vista del humano. No se sabe muy bien qué, pero algo nos inquieta, y se genera la desconfianza. Ese otro extraño se convierte de pronto en amenaza.

grafica valle inquietante

Gráfica del Valle Inquietante

Y al mirar alrededor, no puedo dejar de identificar valles inquietantes cada vez más abisales.  Como si el llamado “pueblo” se hubiera convertido en una masa informe de androides cuasi humanos para los llamados “políticos”, y a su vez los políticos fueran observados por el “pueblo” como si no fueran de su misma especie.

A propósito de esto, hay una etiqueta que me disgusta profundamente, esa que habla de la llamada “clase política”, y que contribuye a hacer más grande ese abismo, esa categorización binaria que hace al otro un “ser extraño” y a la vez construye una barrera casi infranqueable, contradictoria con la filosofía de nuestro sistema democrático en el que cualquier ciudadano puede ser elegido para representar los intereses de la ciudadanía. Como si para ser político hubiera que pertenecer a una especie de “casta”, y si no se pertenece no hay posibilidad de cambiar nada. Como si “los que nos gobiernan” fueran entes no elegidos de entre “nosotros” por “nosotros mismos”.

Hablar de “clase política”, además, invisibiliza el hecho de que los actos cotidianos de cualquiera de nosotros también son política.

Y así, desde la extrañeza del otro identificado como colectivo, como pueblo, como clase política, es desde donde pueden surgir frases como aquél “que se jodan” (cita textual, con perdón) de Andrea Fabra tras el anuncio de los recortes de las prestaciones por desempleo, o acciones como mantener cuentas en Suiza con millones de euros que no cotizan, mientras se aprueba una subida de impuestos directos e indirectos a millones de mileuristas.

Y también desde ahí es desde donde pueden nacer eslóganes como el que ayer escuchaba al pasar por la Puerta del Sol, donde un grupo de manifestantes gritaba con total tranquilidad algo tan duro como  “Rajoy suicídate”… (me costó bastante explicar a mis hijos cómo podía alguien desear cosa semejante a otro ser humano).

Cada uno de estos ejemplos de falta de empatía (seguramente no los más relevantes de los existentes) solo pueden darse desde ese lugar en que no se reconoce a los otros como totalmente humanos, como iguales.  El “pueblo” como colectivo de androides para los “políticos”, y los políticos como androides cuasi humanos para la ciudadanía: rostros cada vez más lejos, más ajenos, parapetados tras el maquillaje, los gestos estudiados, los eslóganes, las frases hechas y el color de la corbata. Parapetados tras una pantalla de plasma.

Inquietante, sin duda.