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Hoy, como casi cada día, he tenido la suerte de toparme de cara con la complejidad. Y  como casi cada día, no he podido evitar verme inmersa de lleno en mi propia incapacidad para explicarme algunos aspectos del mundo en el que habito… o más bien los mundos por los que tengo la fortuna de poder transitar gracias a mi trabajo. Mundos que a veces parecen tan distantes como si se tratase de esferas independientes donde viven seres extraños los unos para los otros. Mundos con membranas impermeables, que apenas interactúan entre sí.

Ayer me contaron lo que puede ganar un directivo de una multinacional importante y, aunque sorprendente, me pareció bien. Al fin y al cabo, ese directivo pone su inteligencia, su formación y su tiempo al servicio de la empresa para la que trabaja, y hace ganar probablemente mucho más a su empresa de lo que él o ella perciben. Contribuye a generar riqueza, puestos de trabajo… Supongo que ese salario puede ser, en la esfera de los mundos de las empresas, un acuerdo justo y equilibrado.

Hoy, gracias a mi trabajo, he visitado un lugar increíble. Un centro de baja exigencia para personas sin hogar. Un lugar que ofrece cobijo, alimento, cuidados médicos y apoyo psicológico y social a 130 personas que, de no existir este espacio, vivirían en la calle… y morirían allí. La directora del centro y su equipo de más de 40 profesionales cualificados, ponen su inteligencia, su formación y su tiempo al servicio de la empresa para la que trabajan… aunque lo que allí se gana no son euros. Quizás son vidas humanas, pero no euros.

Y como tengo la suerte de poder mirar dentro de estos diferentes mundos, puedo comprobar que la inteligencia, los años de formación, la capacidad de tomar decisiones, y otros muchos aspectos relativos a sus capacidades no son muy diferentes en el ejecutivo que en la directora. Uno y otra, además, ponen el mismo empeño en lograr buenos resultados. Uno y otra, además, son seres humanos con un elevado nivel de compromiso con su desarrollo y el de los equipos que gestionan. Una y otro, seguramente, invierten todas sus energías y muchísimo tiempo en su trabajo.

El salario de la directora, sin embargo, no llega al 10% del que percibe el ejecutivo. Esta es, sin duda, una diferencia de precio sorprendente, y ya no me ha parecido tan bien.

Así que ya que estaba, he mirado a ver cuál es el salario medio de un médico de la seguridad social. Y he investigado también qué tipos de contrato se hacen a los directivos de recursos de servicios sociales especializados. Y ya puesta, le he preguntado a mis amigos profesores de secundaria cuál era el precio de su trabajo en euros.

Y entonces me han asaltado estas dos palabras que, juntas, de pronto se me han revelado tan poco conectadas entre sí como los dos mundos:  VALOR y PRECIO.

Entiendo el valor que genera para un país el tejido empresarial. Y ese valor tiene un precio (el que sea, el que se le ponga, no creo que yo esté en condiciones de juzgar esto, ni me apetece). Y también entiendo el valor que genera para un país la inversión en educación, sanidad y servicios sociales. Creo que es un valor indiscutible. Creo que tiene que ver con el valor de las vidas humanas.

Por eso me sorprende tanto la diferencia de precio. Me sorprende, sobre todo, que la generación de riqueza en unos contextos donde puede generarse riqueza no redunde en una inversión equilibrada y con precio justo en el esfuerzo que hacen muchos profesionales para mejorar la calidad de vida de otras personas (su salud, su educación, su recuperación ante situaciones de dificultad…). Un directivo de un centro de servicios sociales no va a tener jamás resultados económicos directos. Un médico tampoco. Ni ninguno de los profesionales que ponen su inteligencia, formación y esfuerzo (a veces inimaginable) en mejorar la vida de otras personas. Pero son indispensables. Aunque el valor que generen sea intangible.

Y ante esta realidad me ha parecido que no somos conscientes del precio que pagamos, como sociedad en su conjunto, por no tener claro nítidamente cuál es el valor de la vida humana. Una sola. De esas con las que hoy he tenido la suerte de toparme en ese albergue, esas que me han recordado la inabordable y muchas veces incomprensible complejidad de los mundos en los que habitamos.

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