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“Desde el momento en que el otro me mira, yo soy responsable de él sin ni siquiera tener que tomar responsabilidades en relación con él; su responsabilidad me incumbe. Es una responsabilidad que va más allá de lo que yo hago”
Emmanuel Levinas. “Ética e infinito”. 

 “La mejor manera de encontrar al rostro es la de ni siquiera darse cuenta del color de sus ojos. La piel del rostro es la que está más desprotegida, más desnuda. Hay en el rostro una pobreza esencial. Prueba de ello es que intentamos enmascarar esa pobreza dándonos poses, conteniéndonos. Al mismo tiempo, el rostro es lo que nos prohíbe matar”.
Emmanuel Levinas. “Ética e infinito”. 

abismo

Cada vez que tengo la posibilidad de sentarme frente al televisor (que afortunadamente es en pocas ocasiones, por falta de tiempo y de capacidad de aguante), no deja de rondarme en la cabeza una teoría del campo de la robótica que leí hace poco, la teoría del Valle Inquietante. Esta teoría trata de explicar lo que nos pasa a las personas cuando un robot se parece demasiado a un ser humano, pero no termina de ser:

A medida que un robot se va pareciendo más a un humano, la respuesta emocional del ser humano ante su presencia se va haciendo cada vez más positiva y empática, hasta que llega un punto de inflexión en el que la respuesta se vuelve de pronto una fuerte repugnancia. (Mori, 1970). Este punto es lo que se llama “Valle Inquietante”: un robot que es “casi humano” es visto de forma general por un ser humano como “extraño” y por esto resulta imposible alcanzar el requisito de una respuesta empática. Si la entidad es cuasi humana, resaltarán sus diferencias no humanas, creando un sentimiento de «cosa extraña» desde el punto de vista del humano. No se sabe muy bien qué, pero algo nos inquieta, y se genera la desconfianza. Ese otro extraño se convierte de pronto en amenaza.

grafica valle inquietante

Gráfica del Valle Inquietante

Y al mirar alrededor, no puedo dejar de identificar valles inquietantes cada vez más abisales.  Como si el llamado “pueblo” se hubiera convertido en una masa informe de androides cuasi humanos para los llamados “políticos”, y a su vez los políticos fueran observados por el “pueblo” como si no fueran de su misma especie.

A propósito de esto, hay una etiqueta que me disgusta profundamente, esa que habla de la llamada “clase política”, y que contribuye a hacer más grande ese abismo, esa categorización binaria que hace al otro un “ser extraño” y a la vez construye una barrera casi infranqueable, contradictoria con la filosofía de nuestro sistema democrático en el que cualquier ciudadano puede ser elegido para representar los intereses de la ciudadanía. Como si para ser político hubiera que pertenecer a una especie de “casta”, y si no se pertenece no hay posibilidad de cambiar nada. Como si “los que nos gobiernan” fueran entes no elegidos de entre “nosotros” por “nosotros mismos”.

Hablar de “clase política”, además, invisibiliza el hecho de que los actos cotidianos de cualquiera de nosotros también son política.

Y así, desde la extrañeza del otro identificado como colectivo, como pueblo, como clase política, es desde donde pueden surgir frases como aquél “que se jodan” (cita textual, con perdón) de Andrea Fabra tras el anuncio de los recortes de las prestaciones por desempleo, o acciones como mantener cuentas en Suiza con millones de euros que no cotizan, mientras se aprueba una subida de impuestos directos e indirectos a millones de mileuristas.

Y también desde ahí es desde donde pueden nacer eslóganes como el que ayer escuchaba al pasar por la Puerta del Sol, donde un grupo de manifestantes gritaba con total tranquilidad algo tan duro como  “Rajoy suicídate”… (me costó bastante explicar a mis hijos cómo podía alguien desear cosa semejante a otro ser humano).

Cada uno de estos ejemplos de falta de empatía (seguramente no los más relevantes de los existentes) solo pueden darse desde ese lugar en que no se reconoce a los otros como totalmente humanos, como iguales.  El “pueblo” como colectivo de androides para los “políticos”, y los políticos como androides cuasi humanos para la ciudadanía: rostros cada vez más lejos, más ajenos, parapetados tras el maquillaje, los gestos estudiados, los eslóganes, las frases hechas y el color de la corbata. Parapetados tras una pantalla de plasma.

Inquietante, sin duda.

 

 

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